EL PROBLEMA ES EL PUEBLO, NO LA CLASE POLÍTICA
No estoy de acuerdo con esa postura que tan suficientemente ponemos cuando hablamos de nuestros tristes políticos. Las descalificaciones fluyen con naturalidad, los chistes despectivos no tienen fin y la coletilla final, a cargo del más tonto o del más indeseable no tarda en cerrar la ronda: "esto lo arreglaba yo en ..." el tiempo elegido, un mes, una semana o un día va en relación directa con la ignorancia del orate, más corto cuanto más memo sea. A ello se suma el pequeño dictador que todos llevamos dentro y que aflora con virulencia de geiser cuando el tema deriva a cuestiones espinosas como la seguridad pública, la inmigración o la violencia de género. Aquí el abanico de medidas se hace especialmente restringido: aumentar la dureza de los castigos, recuperar la añorada pena de muerte y devolver a su país a los que no tengan contrato al margen del tiempo que lleven, de si están o no con su familia, de si se han quedado en paro recientemente o de si la vuelta puede suponerles el hambre o la muerte segura.
Somos un pueblo de pícaros oportunistas que damos lecciones de todo y hemos encontrado en nuestros infames políticos la excusa perfecta. En los mismos políticos que elegimos sin rubor, que visitamos para obtener una prebenda y a los que hemos apoyado sin fisuras cuando teníamos noticias de sus conductas reprobables.. Mientras hubo trabajo para todos no era difícil oír un coro que respondía unánime a las acusaciones de nepotismo o corrupción con un "y tú qué harías", dando a entender que no aprovecharse de las oportunidades que ofrece la política es propio de tontos, no de gestores honrados. Tal modo de pensar lleva implícito el desconocer que esas conductas se hacen contra tus propios intereses, contra tu propia cartera y contra tu propio futuro, pues originan situaciones como esta, que van mucho más allá de una crisis cíclica de la economía y nos colocan al borde del colapso. La corrupción es a la política como las infidelidades al matrimonio: parece que no tienen importancia mientras no te pillan o se consienten, pero actúan como un disolvente; al final acaban por destruir lo más importante y el sufrimiento casi siempre es mayor para los que, encima, no han disfrutado. La corrupción consentida destruye las bases de la sociedad y los españoles hemos sido cómplices, cuando no animadores o partícipes. Asumamos nuestra responsabilidad, es el camino para poder cambiar las cosas.
Cuando hemos votado a un alcalde imputado, hemos sido cómplices. Cuando hemos dado mayorías a partidos con cargos señalados por la justicia, hemos sido cómplices . Cuando hemos exigido responsabilidades a los otros por ser rivales y ocultado o justificado a los nuestros, hemos sido cómplices. Cuando vamos a actos públicos a dar ánimo a políticos salpicados por escándalos en su gestión, somos cómplices. Cuando aplaudimos a los que salen de los juzgados y cargamos contra periodistas, jueces o partidos rivales por denunciarles, somos cómplices. Y esto lo hemos hecho hasta la extenuación. Somos la misma mierda que tanto asco nos da ahora y no queremos reconocer que tanto paro, tanto desahucio, tanto recorte, es consecuencia del sueño de ricos que hemos compartido con unos líderes sin escrúpulos, a los que veíamos su desparpajo obsceno sin que nos importara, pues nos sentíamos parte del negocio, hasta que explotó y nuestro mundo de Jauja se vino abajo. Ahora nos parecen incapaces, ineptos, golfos, cuando son los mismos y lo son porque no les tuvimos en cuenta su conducta, a sabiendas de su indecencia, a pesar de que nuestro dinero y nuestro destino estaba en sus manos. Si un fontanero nos cobra el doble de la tarifa normal por arreglar un grifo que además sigue goteando, lo crucificamos. Si ese mismo, ahora en funciones de alcalde o presidente de diputación, nos guinda un buen puñado de millones en obras inútiles, de los que se queda un buen pellizco, le aclamamos como a un héroe. ¡Qué tío más listo!
Termino con el triste episodio de la moción de Ponferrada, en la que el PSOE se ha hecho con el poder apoyándose en el indeseable de Ismael Álvarez, el acosador de Nevenka Fernández. El mismo guarro al que defendió Ana Botella; el mismo cerdo al que no condenaron las feministas de izquierdas por haber dirigido su violencia contra una concejala de derechas y guapa. No voy a entrar en la infamia de que se apoyen en él para lograr la alcaldía, sino en lo repugnante que resulta comprobar que miles de personas le votaron. Sí, a Ismael Álvarez el acosador condenado, porque les parecía una persona adecuada para decidir sobre cuestiones que afectan a su vida diaria. Le ha votado ese pueblo (todos nosotros) que obligó a exiliarse a la agredida; el mismo que acusa de traición a los pocos políticos que se atreven a denunciar las conductas impropias de sus compañeros o de antipatriotas a los que no están de acuerdo en que el silencio, o mejor la omertá, cubra la labor desvergonzada y abiertamente criminal de muchos cargos públicos en connivencia, no lo olvidemos, con otras élites igualmente degradadas, sean empresariales o financieras.
Somos nosotros los culpables y la solución pasa por cambiar nuestra escala de valores, por ser fieles a los principios de honradez, respeto a la ley y reconocimiento del mérito. Luego vendrán reformas, cambios, leyes,... pero luego, de lo contrario no servirán para nada, serán un maquillaje burdo para tapar la corrosión de un rostro que empezó siendo bello y atractivo: nuestra maltratada democracia.
Este mismo pueblo también es capaz de luchar contra los desalojos, de hacer que una pensión haga las veces del milagro de los panes y los peces o de salir a la calle con una sonrisa a pesar del chaparrón. Por eso no pierdo la esperanza y sigo pensando: "qué buen vasallo si oviera buen señor". Necesitamos un liderazgo más allá de las elecciones próximas, recuperar lo mejor de cada uno y esforzarnos cada día sin concesiones a caudillitos. La solución pasa por la política con mayúsculas.
4 comentarios
caballero -
Ajomalba -
miguel angel -
David Mora Artiaga -