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miguelangelrobles

RICITOS DE ORO

RICITOS DE ORO

 

Deambulaba sola por la plaza del pueblo, su hermana jugaba al lado con unos niños, sus padres en el bar. En ningún momento salieron a ver como estaban, no les preocupaba que un coche pudiese pillarlas o que se hicieran daño o tuviesen frío o que la  más pequeña necesitase pañales limpios. La escena no era nueve en el pueblo y los vecinos estaban acostumbrados a vigilar a los niños con un gesto de fastidio, hartos de asumir una responsabilidad que no les corresponde y resignados a la fatalidad de que cualquier día les sucediera algo terrible: un atropello, un secuestro. No sé, lo que a cualquier padre le preocupa, no en vano las niñas son una monería y una tentación para cualquier sádico o para una pareja desesperada ansiosa de tener un hijo que no llega. Esta última posibilidad, quizá, la mejor que les podía suceder.

Ese día habían venido unos forasteros, contemplaban con estupor a ricitos de oro, un calco de Leonor, la hija del príncipe de Asturias. Rubia, despierta, jovial, preciosa. Un cromo de niña, el tesoro de cualquier casa normal, pero la suya no es una casa normal.

Uno de los forasteros se puso a jugar con la niña, la tarde primaveral empezaba a enfriarse y ricitos reía confiada. Tras un rato de deliciosas carcajadas tropezó y se lastimó, para consolarla el hombre que correteaba con ella la cogió en sus brazos, al poco dejó de llorar y sintió que pesaba cada vez un poco más. Recostaba su cabecita en el hombro sorprendido del hombre y de repente sus amigos le mostraron cómo la niña metía las gordezuelas manecitas entre la chaqueta. Tenía frió y le dolían los dedos, su cabecita completamente abandonada al calor del desconocido buscaba refugio de la ya gélida tarde y del corazón helado de sus padres. Se durmió en los brazos protectores y el desconocido comentó, pesaroso y enternecido, que se había hecho caca. Durante todo ese tiempo ninguno de sus padres asomó para ver si se encontraban bien, en el bar tenían lo que querían.

El forastero sintió que esa niña era más suya que de aquellos desalmados y pugnaba por llevarla a casa, con sus otros hijos, un deseo que sabía muerto y que le dejó un sabor amargo en esa tarde de domingo que tan bien había empezado. ¿ Se preguntaba cuál era mayor delito, dejarla otra vez en la plaza expuesta al frío y a los coches y a unos padres irresponsables, o llevarla a casa y hacerla hija suya, así sin más condiciones que el amor que ya sentía por ella? Se decía en su interior que en ocasiones actuar correctamente era un pecado. Finalmente, uno de los amigos separó a ricitos de oro de los brazos que le servían de eventual refugio; pataleó y lloró al sentir que la arrancaban de aquel extraño que le brindaba el calor que le niegan en casa. Se quedó con su bella hermana, tan sola como ella, con los pañales sucios y los dedos ateridos. El forastero se alejaba herido en el alma, reprochándose su falta de valor y lamentando unas leyes que priman un hecho biológico sobre un sentimiento sincero.

No necesitaba más hijos, estaba feliz con los suyos, hermosos y sanos, pero le parecía injusto que ricitos de oro no tuviese la misma suerte. Durante varios días la niña, la preciosa niña que había tenido en sus brazos, le dejó una herida en el pecho protector y cobarde que no se rebeló contra las normas de los hombres, que no resistió la profunda injusticia que significaba devolver la niña a su mundo sin calor ni caricias, a unos padres sin interés por ella ni por su hermana, a una vida desvalida y helada.

Aun se pregunta si no sería posible que las instituciones actuasen de oficio en esos casos, si no sería factible acogerlos en familias bien estructuradas hasta que unos padres de adopción los demandaran, o bien se quedasen definitivamente, si así lo decidían,  con los padres de acogida. ¿Qué peligro mayor habría? El forastero siempre decía que ser padres no tiene nada que ver con engendrar hijos, que sólo se era si uno actuaba como tal, que la fuerza de la sangre es un mito y que solo cuenta el cariño que día a día de da, el cuidado que se procura y el esfuerzo por asegurar la felicidad de los pequeños. Lo decía él, que tenía tres hijos naturales, y lo decía así porque lo creía de veras. Pero ricitos de oro se quedó en la plaza y él no pudo bañarla ese día, ni darle el biberón, ni acostarse con ella hasta que se durmiese, ni velarla por la noche, ni besarla por la mañana. Y lloró a solas y ya no puede escribir más.

 

 

4 comentarios

Luisa y Cristina Bo. -

Agradecemos tu propuesta pero el jueves nos vamos a las "olimpiadas" de albatera con fina y con trino ( que esta de buen ver )
Que te lo pases bien en el rio Nerpio.
Un beso :)

Rastafari -

Es mucho suponer que el forastero es el autor de esta entrada?

El rio Nerpio, ummm, yo estuve alli en el puente de San Jose, te recomendaría que los llevases a comer al Restaurante ese del Molino de agua que hacen un ciervo en salsa de nueces que te mueres. Por cierto os vais a mojar de lo lindo...

Robles es que no te notifican nuevos comentarios de entradas anteriores? Ahi esta el tema del AVE olvidado.

miguel angel -

el lunes solo si madrugáis mucho, pues me voy de excursión al río Nerpio. Si os apetece el jueves me voy a la cruz de la muela con los de 2º BACH.¿Os apetece?
dos besos para cada una.

Luisa y Cristina Bo. -

Contestandote a tu pregunta del articulo anterior, si, hemos cumplido con nuestros padres... Y nos lo hemos currado cada una ( es un dia importante..)Cristina, por ejemplo le ha invitado a su padre a cenar y tambien le ha comprado un regalo, se lo ha currado... Bueno nos vemos el lunes

Un beso de las dos :)