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miguelangelrobles

LA CIUDAD DE LOS NIÑOS: otro urbanismo es posible

LA CIUDAD DE LOS NIÑOS: otro urbanismo es posible




Comparto esto con quienes se quieran acercar a estas líneas porque me parece un regalo. Hace no mucho mi primo Roberto y otros colegas, profesores de educación física como yo, me recomendaron esta lectura, no es un tratado  bienintencionado sobre cómo encarar el urbanismo de un modo más humano, es mucho más. Y toca de lleno los asuntos que a cualquier adulto más le afectan: la felicidad de la prole y la ciudad donde vive.

Estamos en días de elecciones y al final, todas las promesas, todas las proclamas, se reducen a saber quién de los candidatos se acercará más al ideal que tenemos, pero el problema radica ahí ¿sabemos  cuál es la ciudad mejor para nosotros y nuestros hijos? ¿Estamos seguros de que el modelo que proponemos en tertulias, charlas y foros es el que realmente queremos? Reclamamos servicios, pero Francesco Tonucci nos alerta de que los servicios son un paliativo para evitar los daños que las ciudades nos infligen. Si miramos bien, hasta el pueblo más pequeño es esclavo del coche. La ciudad se ha hecho a favor de su gran enemigo, el coche. Este la ha llenado de ruido, contaminación, peligro, suciedad y fealdad. El coche ha apartado a los niños de las calles, a los ancianos y a las mujeres embarazadas. Nos refugiamos en casa, la llenamos de comodidades y la blindamos contra los extraños, hemos abandonado lo que es de todos, el espacio público. Esto ha hecho más peligrosos y feos nuestros pueblos  y está impidiendo que los niños y los ancianos compartan espacios, que nuestros hijos jueguen solos; necesitan estar acompañados y con su tiempo libre colonizado de actividades sin fin para llenar el hueco que debería ocupar el juego libre. Nuestros niños no pueden salir solos a la calle ni ir al cole. Nosotros, sus padres, nos hemos transformado en taxistas, irritados por falta de tiempo y contaminando la vida de los niños con una presencia perjudicial, somos unos entrometidos que cercenamos su desarrollo emocional.

Gran parte del problema está en haber diseñado la ciudad, el pueblo, a la medida del elector fuerte: un adulto con trabajo y coche. Hemos creado barrios o ciudades dormitorio, horribles, sin lugares adecuados para detenerse, con calles rectas para ser recorridas cuanto más rápido mejor, sin monumentos ni edificios hermosos. Total son lugares de paso… de paso al trabajo, al ocio del centro comercial, al hospital, a la universidad, al estadio deportivo. Hemos separado la ciudad en áreas funcionales especializadas y en ellas hemos creado microciudades seguras, con servicios, distracciones, vigilancia, aparcamientos, a la vez que abandonábamos la ciudad tradicional, los centros históricos, llenos de ocupas, droga y delincuencia; muertos.

Los niños ya no están en las calles y los que están nos parecen hijos de irresponsables, pequeños delincuentes. Los concentramos en parques repetidos que en absoluto responden a sus apetencias. Todos iguales: planos, con tobogán y columpios. En realidad responden  a las demandas de los adultos, que dan prioridad a la seguridad, a la vigilancia sobre las verdaderas necesidades de los chicos y chicas, ¿por qué los parques tienen que ser todos planos? ¿Dónde juegan los niños al escondite, por dónde exploran? ¿Por qué imponemos superficies duras, pero limpias, o sintéticas, cuando están deseando jugar con la arena, y los especialistas lo recomiendan  para su salud mental y física?

Apostamos por planes de movilidad, pero estos siempre van dirigidos a aumentar la velocidad del tráfico, nunca a mejorar la accesibilidad del peatón, del ciclista, de la señora embarazada o con carrito, del anciano con su nieto. No nos damos cuenta de que facilitar el aparcamiento, mejorar la disponibilidad de calles para el tráfico, sólo consigue incentivar que los coches, que hasta ahora no salían de sus cocheras por los graves inconvenientes, se animen a hacerlo ante las nuevas condiciones, llevándonos por tanto a la misma situación pero con mayor densidad, habiendo multiplicado el problema y el estrés.

Nos dice Francesco Tonucci que en esta fiebre de los servicios que nos prometen los candidatos hay algo inquietante, diabólico: la pérdida de la esperanza, la resignación. La ciudad se da por perdida; los servicios ayudan a soportarla, sin esperar cambiarla: es el precio del progreso. Parece que el progreso es una oferta global, con todo incluido: el coche y la lavadora, junto con las ventajas, llevan necesariamente a la contaminación, la droga, la violencia, el miedo. Todo junto, lo tomas o lo dejas.

En Orihuela se abre una ventana a la esperanza, tenemos por delante la redacción de un nuevo plan general, una ocasión para repensar el modelo, para establecer las líneas de lo que queremos que sea nuestro municipio, de recuperar las calles para nuestros hijos, nuestros abuelos y nuestras mamás, para que vengan a detenerse visitantes, para recuperar el palmeral y sus tesoros (los hornos, los baños), para poner en valor los monumentos y sus calles, para hacer el cinturón de la sierra, para embellecer nuestras partidas rurales y la costa, para generar empleo con un parque industrial del siglo XXI y micropolígonos en pedanías, para hermosear las entradas de la ciudad y pueblos, para hacer bulevares, jardines y llenar de árboles las calles, para soñar una ciudad que es posible: más segura, más acogedora, más próspera.

Y creo que con el PP que lidera Mónica no es posible

 

2 comentarios

miguel angel -

para eso la ciudad debe invitarte a ello, se ha de crear el clima, las calles te deben invitar.Con el urbanismo salvaje que nos proponen no es posible.

Mª Carmen Portugal -

Miguel,¿sabes qué es lo que me gustaría recuperar? Las tertulias de los cafés, ya sea de política, literatura, filosofía.... Recuperar el clima de opinión y debate inteligente y tolerante. Una sociedad participativa e implicada en su realidad social.