ALBERTO "SERPICO" FABRA
Este clásico del cine policíaco muestra una realidad que nos cuesta admitir: quien se sale del grupo, por muy honesta que sea su causa, por beneméritas que sean sus razones, se convierte en un apestado. Hasta la lucha por las causas justas tienen su momento y quienes actúan de pioneros suelen encontrarse con la incomprensión o el rechazo generalizado. Esto pasa también en el mundo del arte, la literatura, la ciencia o las ideas. Las hogueras se alimentaron con los cuerpos de los hombres y mujeres más valiosos.
En la política española la norma era, lo estamos viendo, saquear las arcas del Estado de todas las maneras posibles y hoy los periódicos parecen crónicas de la guerra contra la mafia infiltrada en todos los ámbitos del poder. Exigir, como hacía el Molt Honorable capo Jorge Pujol, la mordida por cada negocio con la administración autonómica; financiar al partido y enriquecerse personalmente con los sobrecostes de los contratos como hicieron cientos de cargos públicos de todos los niveles, especialmente del PP y del PSOE; o colocar a familiares, amigos y amantes en puestos de libre designación o en empresas públicas para que se forraran y facilitaran la deriva que llevó al despilfarro de miles de millones de euros, al derrumbe de las cajas de ahorros o al colapso del sistema de protección social, era la ocupación principal según desvelan las investigaciones. Hacer estas cosas y otras muchas es de delincuentes y nadie debería confiar sus dineros, la administración de sus impuestos ni su seguridad personal a tipos que habrían de estar en la cárcel por el bien de todos.
Serpico cuenta las peripecias de un policía en Nueva York, horado y comprometido, que choca frontalmente con las prácticas corruptas institucionalizadas. Renuncia a cobrar su parte en los chantajes y es repudiado, amenazado de muerte, falsamente acusado. Su rectitud, le pasa factura en la vida personal, es una mosca cojonera que a nadie gusta. Su pecado, intentar ser un guardia decente. En España con la política, todos los Serpico que han intentado hacer algo han sido acusados de tránsfugas, traidores, antipatriotas o, peor aún, se les ha buscado con microscopio cualquier conducta confusa para desacreditarles. Como al ejemplar agente, si un día explotan y denuncian se les señala diciendo que por qué lo hacen ahora y no antes, que sus intereses son espurios. Y comienza un periplo de elecciones vitales complicadas, una de ellas será la de seguir en política o abandonar y que todo quede en nada. Si continuas corres el riesgo de ser incoherente y te recordarán que ibas en listas cerradas, que el programa llevaba propuestas que ahora puede que votes en contra, que sólo sabes sacar trapos sucios o judicializar la vida pública cuando ellos, los buenos, se limitan a trabajar por el bien de su comunidad. Además muchos de tus supuestos amigos, incluso de tus familiares, te mostrarán su disgusto o directamente se apartarán de ti; por si fuera poco, el concurrir con otras siglas será la prueba definitiva de tu falta de honradez. Has muerto políticamente y durante un tiempo también socialmente, mientras, la casta sigue. Nuestro héroe renunció a la placa de oro que farisaicamente le concedieron y se fue a vivir a Suiza. No se puede salir del grupo hasta que el momento sea propicio
La justicia es un ejemplo de cómo la presión social no resulta indiferente, ahora actúa con una contundencia desconocida. Parece que la crisis ha dejado claro a muchos que las prácticas corruptas generalizadas son un disolvente del sistema que acaba por destruirlo y que se pagan en forma de recortes, pérdidas de derechos, mayor pobreza, precariedad e inseguridad. Hoy denunciar tiene su público, aunque no es ni tan mayoritario ni tan fiel como pensamos, más bien coyuntural, consecuencia del resentimiento; pesa más la visión de su tren de vida comparado con nuestra desgracia que el digno rechazo de conductas reprobables en si mismas. Hasta los medios de comunicación tienen que medir sus noticias u opiniones, pues los lectores que se regocijan cuando se desnuda al contrario abandonan las páginas o los micrófonos afines cuando eso va dirigido contra los suyos, mostrando la profunda incoherencia de nuestras convicciones.
Aunque no tiene ni su temple, ni su coraje, veo al presidente Alberto Fabra en una situación similar a Serpico, rodeado de respetables delincuentes de guante blanco. Y veo que el PP no se ha dado cuenta del daño que se está haciendo y del daño que hace al sistema político que dice defender, su connivencia con las numerosas manzanas podridas puede dejar a nuestro país sin una fuerza de centro derecha honorable, fiable y predecible. Están alimentando la anti - política, la derrota del Estado y carecen de la mínima credibilidad. Igual les sale bien, pero no creo que la ganancia merezca la pena. Nadie cabal les reprocharía que iniciasen una refundación, pero no parece que los dirigentes actuales vayan a hacer nada; que luego no se lamenten si triunfan esas fuerzas que llaman populistas.
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