LA INEXORABLE DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO ORIOLANO Y DE SU FUTURO COMO CIUDAD
El domingo 28 venía de pasear por la cruz de la Muela con mi mujer y el perro que nos ha encomendado mi hija mayor. Satisfecho del esfuerzo y confortado con unas cañas en Casa Corro sin embargo mi último tramo por el palmeral, la calle del colegio y demás zonas "hernandianas" me dejó un sabor amargo. Era difícil describir el paisaje donde el abandono más las malas obras "de mejora" han dibujado un entorno que no sabría describir si como decadente, ruinoso o de gueto marginal. En cualquier caso disuasorio para turistas y locales, sucio, fétido e inquietante.
Mi disgusto se hizo ira ante las consecuencias de la reforma del espacio anejo a Santo Domingo promovida por el tristemente recordado Medina. No entro, otra vez, en lo inadecuado de los materiales utilizados que chocan con el color natural de la piedra del monumento, ni con la pérdida de altura que la elevación del pavimento ha producido y que resta armonía al conjunto, no; sigo insistiendo en que intentemos al menos evitar que se destruyan las filigranas de sus portadas, incluso los sillares de los lienzos de levante por la acción mecánica de los balones de fútbol de la chiquillería. Y lo digo yo, que disfruto viendo a los jóvenes hacer de cada rincón un espacio para la práctica del deporte. ¿A nadie le duele que docenas de críos cada día durante horas lancen el balón contra el edificio destruyendo columnas, ornamentación y desgastando hasta los fuertes muros? Hace muchos años le propuse al alcalde culpable de este despropósito estético y funcional que buscase alguna fórmula para dificultar la práctica delictiva del fútbol contra Santo Domingo y, a día de hoy, ni él ni sus sucesores han hecho nada por paliar un daño que pronto será irreparable.
Digámoslo claro, Orihuela es a día de hoy una ciudad moribunda, desastrada, mal concebida, degradada hasta extremos inaceptables. Estamos perdiendo las últimas oportunidades de recuperar su valor y hacer de ella un lugar económicamente viable, socialmente acogedor y estéticamente admirable. Para ello debemos cambiar el paradigma urbanístico que ha dirigido ¿el desarrollo? estos últimos decenios. Debemos potenciar el vivir en el centro, reconstruir con criterios estrictos toda la falda y el corredor de la sierra; optimizar la zona antigua, ahora vieja, peatonalizando espacios, fomentar la habitabilidad y el precio de la vivienda de la ciudad histórica, limitando las expansiones insensatas que despueblan el centro. Necesitamos un plan ambicioso, consensuado, realista, participativo y urgente de regeneración urbana, que haga de nuestro pueblo un foco de atracción y no un punto de fuga como es ahora.
Lamentablemente eso exige que los responsables políticos tengan la altura que se espera de ellos, el liderazgo y la fortaleza necesaria para explicar muchas decisiones difíciles, para negociar con cada barrio, para implicar a gobierno y oposición, para ilusionar en una empresa común a todos los oriolanos, para pelear con proyectos viables en cada administración las ayudas pertinentes y para arrinconar los gastos superfluos en pos de un objetivo que está a punto de perderse en el horizonte de la desidia, la apatía y la mediocridad.
Mientras sigamos sumidos en el guirigay actual, con concejales a la greña, con ediles imputados, con cargos públicos de medio pelo calentando la silla sin ninguna iniciativa valiosa esto seguirá siendo la crónica de una muerte anunciada. No sabemos qué ciudad queremos y parece que nos importa un bledo. Los partidos no pueden presentar a cualquiera, los retos exigen personas del mayor valía y con dotes políticas. Poner un nombre que suene bien puede valer para ganar unas elecciones, al menos al PP, pero no basta para recuperar una ciudad en respiración asistida.

0 comentarios