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VALENTÍN, HISTORIAS DEL ABUELO CEBOLLETA

VALENTÍN, HISTORIAS DEL ABUELO CEBOLLETA

 

Por alusiones me permito ampliar las crónicas de mi amigo Valentín, al que conozco desde los tiempos en que el Banco Bilbao del puente nuevo era una familia numerosa y bullanguera, lejos de la impersonalidad que imponen los  ajustes de plantilla actuales.

Entre los garitos que nombra en su artículo “Los viejos rockeros nunca mueren” está el Quintana, iniciativa de mi hermana Marta, una de las reinas de la noche oriolana de finales de los ochenta.  Allí se fraguaron amistades eternas mientras duraron, alianzas políticas, traiciones, noviazgos y rupturas.

El Quintana tenía la barra más culta de la Vega Baja, nadie podía servir sin tener, al menos, una diplomatura y pobre del que atentase contra la gramática, como aquel pardillo que nos comentó un día, para estar a la altura, que ver la cantidad de gente que había en otro local le había dejado exhausto, en lugar de patidifuso, perplejo o simplemente sorprendido. Desde ese momento pasó a ser el “exhausto”, por pedante e ignorante.

Era un pub donde los amigos  entraban a poner música o copas más que para ayudar para epatar a las chicas. Al final de la jornada nos quedábamos los de siempre junto a unas cervezas y unas latas de mejillones hablando de todo, o sea, de sexo, lo que permitió al Gianola, mientras sonaba Semen up con la canción “Lo estás haciendo muy bien”, decir con su acento cheli: uf colega, me voy que los bollicaos están mu calientes . Nosotros también sufrimos la avalancha de los peritos y nos quedamos  con Santiago, que, en honor al Capitán Trueno y su grito de guerra, pasó a llamarse Santiago y cierra el Quintana. Era el último en salir junto a mi amigo Ruben, salvo que este  estuviese huyendo de alguna amante.

En la barra muchos pudieron volver a oír la música que ya no te ponían,  como Fernando Marín, que dispuesto a irse para no llegar tarde a casa se encontró con que le pusimos por sorpresa y a traición el recopilatorio de Simon and Gardfunkel. No lo dudó, pidió la última y todas las que hizo falta. Creo que llegó a gatas esa noche. Pero mereció la pena.

Fue lugar de encuentro de jóvenes y mayores, los primeros aprendieron a  tomar café escuchando  a Otis Reding  o Areta Franklin y los últimos a beber con la música disco de  Madonna, la psicodelia punk de Inmaculate Fouls o la bachata de Juan Luis Guerra. Por poner, hasta el Requiem de Mozart pinchamos una madrugada para echar a la gente, que a las 6 no encontraba el camino de casa, pero que derivó en un brindis colectivo ante tamaño atrevimiento e innumerables rondas, muchas de ellas de guagui; es el problema de tener amigos en vez de clientes.

El Quintana era lugar de encuentro o refugio de políticos de uno u otro bando. En plena campaña del 91 se llenó con las huestes del PSOE, encabezadas por José Vicente Escudero, y mi hermana comentó: hay un ambiente de puta madre y eso que está lleno de rojos. Eran otros tiempos políticamente menos correctos.

Allí en la barra, en una esquina, había conocido yo a Don Manuel Lorente y descubrí su proverbial capacidad para metabolizar copas; solo la experiencia me permitió percibir el único efecto de los cubalibres sobre su organismo: el flequillo se le despeinaba ligeramente dándole un aspecto de granujilla bondadoso.

En esa misma barra, desolado, el día de cierre, el último día de vida tras tres años imborrables, José Manuel Medina nos preguntaba  ¿y ahora dónde le digo yo a mi mujer que estoy? El Quintana abrió sus puertas el 9 de noviembre de 1989 cuando cayó el Muro de Berlín, dos hechos que cambiaron la historia para bien del Mundo en particular y de Orihuela en general. Quizá gracias a esos años aun mantengo cariño por ciertas personas que no se lo merecen.

 

3 comentarios

Juan Ignacio -

Excelente artículo Miguel. Una pregunta y por curiosidad, ¿dónde estaba ubicado el Quintana?

Cordiales saludos

miguel angel -

hombre Peret, estoy contigo en que no hemos tenido los mejores políticos, pero el pescao venía amasao de antes del Quintana. De hecho allí no se fraguó gran cosa, lástima, pues hubiese salido mejor de lo que salió.

Peret -

Si. Exacto Miguel. El Quintana era un refugio de bebedores. Fragua de la política que sufrimos ahora y nido de pollicos que diseñaban sus futuros bajo el influjo de la música y el alcohol.